SABATO Y EL UNIVERSO
Por Pablo Melicchio
“…en todo caso, había un solo túnel,
oscuro y solitario: el mío”.
Sábato, “El túnel”
Regresamos de Santos Lugares, del velatorio. Voy en el asiento trasero, delante van María Rosa Lojo y Oscar, su marido. Sólo cruzamos algunas palabras, lamentos que se abrazan al silencio, a la angustia. La imagen de Sábato en el cajón se impone y no quiero quedarme con ese libro muerto; no se me ocurre otra metáfora, perdón. Qué es el cuerpo sin el alma, el rostro sin la expresión, me pegunto, pero no encuentro la respuesta precisa, como suele sucederme cuando se trata de indagar en los temas fundamentales. Les pido que me dejen a unas cuadras de mi casa, necesito caminar. Entonces, paso a paso, bajo un cielo amenazante que no dejó de llorar en todo el día, recuerdo las charlas que tuve con él, las lecturas obsesivas de sus tres novelas, de los ensayos. Recuerdo sus presentaciones en la Feria del Libro (tengo grabados unos cassettes del 94, del 98; sí, fui a la feria con un grabadorcito, las palabras podían perderse, entonces tenía que retenerlas) Sábato estaba de “moda” y aparecía hasta en el programa de Grondona (no aprovechen, refutadotes, carroñeros, Ernesto era un hombre y el que esté libre de pecado que arroje la primera piedra) y se lo homenajeaba y premiaba constantemente durante la dos décadas donde más se lo idealizó. Pero bien sabemos que los ídolos caen y está bien, hay que humanizarlos. Tampoco resulta extraño que entrado en la vejez se lo haya olvidado, como si los ancianos no fueran seres humanos. Claro, ya no aportan como antes, dieron lo que dieron y este mundo sólo valora la creación constante, aunque sea de mierda. Y Ernesto se refugió en su casa, en la pintura, y eso también lo pinta. La vista, como a Borges, lo fue abandonando como en un lento crepúsculo, parafraseando al poeta; y ahora deben estar en el cielo de los artistas, riéndose del circo terrestre que los oponía por esa necesidad constante de crear absurdas competencias, de comparar talentos como mercancías.
Llego a mi casa. Me detengo frente a la biblioteca y tomo su primera novela, “El túnel”, la abro y busco su dedicatoria. “Para Pablo, recuerdo afectuoso. E. Sábato. Agosto de 1991”. Y me angustio como no me angustié en el velatorio. Porque las palabras vibran más que los cuerpos muertos. Porque el libro abierto comienza a hablarme a mí, a confrontarme con la historia, con la vida que tengo, con mi ser, entre otras cosas, escritor.
Ernesto, te voy a extrañar. Sé que es tiempo de transitar el duelo. Y luego seguir luchando, como vos me enseñaste, contra las oscuridades que habitan en mi espíritu, contra los exterminadores de la vida, que se multiplican como panes y peces de un antimilagro. Se cierra la noche. Me refugio en la letra, allí nos encontraremos siempre, maestro.
sábado, 28 de mayo de 2011
miércoles, 4 de mayo de 2011
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